Isla de las Cabras, Azores

Canon EOS-1Ds Mark III (32mm, f/9, 1/200 sec, ISO200)
Isla de las Cabras, Azores

Me despierto y doy un salto. Entre las dos islas el viento siempre es racheado y traicionero, me encanta empezar el día con un reto. Hoy me he dejado caer unos metros y una fuerte ráfaga que ha pegado contra la pared norte me ha impulsado decenas de metros hacia el cielo. Ella me miraba desde el acantilado, le gusta ver cómo me revuelvo y siempre salgo airoso. Arriba todo está más tranquilo, hay una suave brisa constante hacia el interior. Giro 65 grados, cambio levemente la postura y salgo disparado hacia arriba, desde aquí todo parece muy pequeño, de repente veo una pirueta peculiar, mete el pico en el agua y saca un pez, es ella. Instintivamente pliego las alas y acelero hacia el mar. Cuando nos reunimos pega un fuerte respingo y toma altura, le encanta que echemos carreras. Jugamos durante horas y el tiempo pasa sin que nos demos cuenta. Hoy hemos ido a la isla principal, nos encanta ver cómo la gente nos mira fascinados. A veces aprovecho el viento en contra y que quedo parado en el cielo, a pocos metros de sus cabezas como si estuviera colgado de una nube. Siento cómo les gustaría estar aquí conmigo y planear por el acantilado. Un niño pequeño me apunta con el dedo y es mi­ señal de salida, pliego un ala y caigo hacia el mar pegado a la pared del acantilado, abajo las olas rompen con furia, hago una pirueta y planeo a escasos metros de una de las crestas, sintiendo cómo me refresca el vapor de agua que el viento las arranca. Cuando recupero algo de altura veo que ella ya vuelve a casa. Nuestro pequeño rincón está caldeado por los últimos rayos de Sol y a resguardo de las rachas de alta mar. Adentro todo está en calma, nada parece moverse.